20080712

¿QUÉ VA HACER CHILE PARA SUJETAR LOS PRECIOS DE LA LECHE, EL ARROZ O EL ACEITE?

La crisis de alimentos y energía está llevando al mundo a una vuelta atrás que produce escalofríos. Los reportajes de los principales medios económicos intentan responder preguntas tipo “Lost”: ¿con qué podemos abrigarnos? ¿qué hacemos para alimentarnos? Como si de pronto estuviésemos en la prehistoria, en la guerra del fuego.
Vamos por partes ¿Sabe usted por qué ha subido tanto el precio del arroz? Hay al menos 3 explicaciones, donde la crisis del petróleo y la de los alimentos se cruzan: 1) el sostenido aumento de la demanda por comida en países como China e India (juntas forman más de la tercera parte de la población mundial, con aproximadamente dos mil millones de habitantes); 2) la escasez de tierras cultivables; 3) el aumento del precio del petróleo y los problemas climáticos, que han afectado al sector agrícola y ganadero en todo el mundo.



También hay explicaciones menos típicas: la especulación financiera. Porque así como hay mercados a futuro de cobre (te compro la producción del próximo año), también los hay en granos y arroz. Y como el precio ha subido, suben las transacciones, lo que hace que el valor final también aumente.
Como el tema de la crisis alimentaria recorre el globo, hay tantas medidas para hacerle frente como países. Indonesia cerró las fronteras para destinar buena parte de su producción arrocera a sus habitantes. Bolivia y Argentina también apostaron por encarecer las exportaciones y abastecer su mercado interno. México fue drástico: congeló los precios de 150 alimentos. El anuncio lo hizo el Presidente Felipe Calderón el jueves pasado. “Es una medida que beneficiará la economía de millones de mexicanos”, dijo, y destacó que contaba con el apoyo de los industriales de su país. Le llovieron las críticas internas: que era un truco para tapar la crisis inflacionaria; que en esa lista de los 150 ¡faltan los frijoles, huey! Al día siguiente en El Salvador preguntaban si su país tomaría la misma decisión y el Banco Mundial salió rápidamente a parar la fiebre. Lo hizo a su modo. “No estamos en contra de los subsidios, pero tienen que ser enfocados y efectivos, eficaces y financiables”, afirmó Pamela Cox, vicepresidenta para América Latina y el Caribe del Banco Mundial.
Bueno, ¿y qué vamos a hacer en Chile con el precio de los porotos? Porque si el tema está en la agenda de todos las naciones es porque las alzas de los alimentos afectan directamente el bolsillo de las familias más pobres, que son las que más gastan en estos productos en proporción a los ingresos que reciben (es decir, allí es donde más fuerte golpea la crisis). Pues bien, la semana pasada se supo que todavía no hay nada claro. La Dirección de Relaciones Económicas Internacionales (Direcon) de la Cancillería publicó un informe donde plantea que “en los próximos meses aumentarán las presiones sociales y políticas para incrementar medidas” y propuso analizar dos ideas: darles bonos a las familias más pobres y reducir los impuestos específicos que afectan ciertos productos. ¿En concreto? En Chile, la gente simplemente tiene que arreglárselas como pueda con su presupuesto, como se cuenta en las historias de “Está todo tan caro”, que publicamos todos los jueves en este pasquín.

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PATADAS, LUMAZOS, ESCUDAZOS: LOS MÁS DUROS GOLPES DE CARABINEROS Y LAS IMÁGENES QUE MEJOR LOS REGISTRARON EN DICTADURA Y DEMOCRACIA

PACOS VERSUS PRENSA

Un traje de esos que usan los Fuerzas Especiales, el grupo de carabineros que sale a reprimir las protestas, pesa alrededor de 14 kilos. Y los escudos, otros tantos kilos más. Con uno de esos, un policía golpeó en plena cara al entonces fotógrafo de El Mercurio Raúl
Bravo, quien aparece en la foto de abajo. ¿Diagnóstico? Tec cerrado, fractura nasal y pérdida de conciencia. Pero el hecho más grave de los últimos años ocurrió el pasado 21 de mayo, en Valparaíso, en las afueras del Congreso Nacional. Allí, Víctor Salas, reportero gráfico de EFE, recibió un lumazo en su ojo derecho. Tras dos operaciones, su condición es delicada. No ve y no sabe si podrá volver a trabajar en lo suyo. Carabineros y reporteros se encuentran en todas: partidos de fútbol, protestas, conciertos, marchas pingüinas. Los primeros pegan, pero los gráficos guardan. Y eso es lo que más embronca a los policías.


EN LA CARA



La imagen es del 29 de diciembre de 2000. Raúl Bravo, reportero gráfico de El Mercurio, cubre la manifestación de un grupo de “seropositivos” (portadores de VIH) que protestan en las afueras del Palacio de Tribunales. Acaban de perder un recurso judicial con el que pretendían recuperar un “plan de ayuda” que existía en el Ministerio de Salud para ellos. Los ánimos están caldeados. Es mediodía, hace calor y algunos Fuerzas Especiales llevan guantes quirúrgicos para evitar cualquier contacto con los manifestantes. Entre ellos hay ciegos, a quienes los carabineros suben a la micro con inusitada fuerza. Eso es lo que intenta retratar Bravo. Pero los policías se protegen, golpean las cámaras con sus escudos, evitan la foto. En eso, Bravo se enfrenta a uno de ellos, pone su mano en un escudo, y no alcanza a percatarse que por el lado derecho viene un policía con dos escudos, uno de los cuales lo golpeó directo en la cara ¿Resultado? Fractura nasal, tec cerrado y pérdida de conciencia. Tras una carta de reclamo de El Mercurio, “el zurdo” de Carabineros fue dado de baja.



EN LA NARIZ

Alameda, plena fiebre pingüina, mediados de 2006. Fernando Fiedler, reportero gráfico del Diario Financiero, está en la Biblioteca Nacional, a la espera de que termine una eterna reunión entre los dirigentes secundarios y el entonces Ministro de Educación, Martín Zilic. De pronto, entra una bomba lacrimógena al edificio .“¿Quizás qué estará pasando afuera?”, piensa Fiedler y sale. Se encuentra con los amigos de Fuerzas Especiales, que están dándoles con todo a los estudiantes (de hecho, el balance de la jornada terminará con dos oficiales dados de baja: el prefecto y el subprefecto de Fuerzas Especiales). Corre, arranca, toma fotos. Tiene al frente suyo un cuadro especialmente violento. Hasta que siente un golpe certero. Un policía le pega con su escudo a la cámara y ésta le hace un corte en la cara y le triza el tabique nasal. Fiedler pide explicaciones. Más tarde, otro camarógrafo es brutalmente golpeado. Tras la jornada, ambos profesionales interponen una denuncia por violencia innecesaria con resultado de lesiones en la Fiscalía Militar. Hoy, los responsables están identificados. Pero no existe aún una resolución del caso.


EN EL OJO

“No veo nada. O sea, veo como detrás de un vidrio empañado, veo manchas”, resume Víctor Salas, reportero de la Agencia EFE.
El pasado 21 de mayo, un bastón policial le hundió el ojo derecho en medio de una protesta en Valparaíso, mientras la Presidenta Bachelet pronunciaba su discurso anual en el Congreso. Entonces, el general Bernales se comprometió a realizar un sumario interno “ágil y exhaustivo” para esclarecer el hecho. Tras su muerte, un compungido Gordon volvió a asegurarles a la directiva de la Unión de Reporteros Gráficos que no se habían olvidado del tema.
Pero se van a cumplir ya dos meses de la agresión. A Víctor lo han operado en dos oportunidades (perdió el cristalino, tuvo una rotura de iris y un daño en la retina) y aún no se sabe quién lo golpeó.
“Yo quiero recuperar la vista, pero los milagros son milagros y los doctores me dicen que el tiempo dirá... En un momento no había casi ninguna posibilidad de salvar el globo ocular y se salvó. Ahora estoy ciego, pero al menos tengo el ojo. Eso es súper importante para mi esposa y mi hija, verme como una persona normal”, dice.


HACE TRES SEMANAS, CERCANOS A VÍCTOR SALAS VOLVIERON A REUNIRSE CON EL GENERAL GORDON PARA PREGUNTARLE POR LOS AVANCES DE LA INVESTIGACIÓN. ESTABAN LOS REPRESENTANTES DE LA UNIÓN DE REPORTEROS GRÁFICOS, DEL COLEGIO DE PERIODISTAS Y EL DIRECTOR DE LA AGENCIA EFE, EL ESPAÑOL MANUEL FUENTES. AL TÉRMINO DEL ENCUENTRO, UN EMOTIVO GENERAL DIRECTOR SE ACERCÓ AL GRUPO. LES TENÍA UN REGALO ESPECIAL. UNA CAJA DE 25 CM QUE NADIE ABRIÓ HASTA QUE ESTABAN EN LA CALLE. “PUES, HOMBRE, ESTO ES HUMOR NEGRO”, COMENTÓ FUENTES CUANDO VIO EL PRESENTE: UNA LUMA DE BRONCE, IGUALITA A LA QUE LE PEGÓ A SALAS.



ÓSCAR NAVARRO, UNO DE LOS PROTAGONISTAS DEL DOCUMENTAL “LA CIUDAD DE LOS FOTÓGRAFOS” DE SEBASTIÁN MORENO
“PARA LOS PACOS DE LOS ‘80, ÉRAMOS PEORES QUE LOS TERRORISTAS”


Todavía siente paranoia cuando pasa al lado de un paco: piensa que lo pueden arrestar. Fue miembro de la Asociación de Fotógrafos Independientes (AFI) y sus imágenes de la barbarie represiva de los 80 aparecieron publicadas en todas las revistas opositoras. Una que lo marcó fue la foto que le tomó a un adolescente al que un policía le enterró su bastón en el ojo. Óscar todavía recuerda el hueco que le quedó en la cara y dice que lo registró para mostrar la podredumbre que se vivía en aquellos años, pero también para que salieran "los buenos olores". Su cámara se transaformó en un arma para combatir. Sobre todo cuando descubrió que ningun carabinero quería que su familia supiera de los horrores de su trabajo. "Ahí me di cuenta que la ofto era una forma de detener la brutalias", dice.

Por Verónica Torres Salazar



El paco de los 80 ¿era poderoso?
-Mucho, podían hacer lo que quisieran contigo. Si te subían a un bus, olvídate, no sabías si te pasaban por el callejón oscuro y salías hecho mierda. Por eso, cuando me di cuenta que mi cámara era un arma, fue impresionante. Estaba en Ahumada con Moneda y había una manifestación. Los pacos empiezan a darle como caja a un tipo arriba de un bus mientras abajo estaba su señora con su guagua en brazos, alegando para que lo soltaran. ¿Qué hicieron? La subieron en vilo y le empezaron a pegar también. El griterío era espantoso. La guagua y la señora lloraban. Yo quería sacarles la chucha a los pacos, quería hacer que pararan y empecé a disparar el flash de mi cámara por la ventana y la cosa paró: ahí me di cuenta que la foto era una forma de detener la brutalidad. Porque si un paco se veía fotografiado iba a tener problemas. Para los pacos, los fotógrafos éramos peores que los terroristas. Así nos decían cuando nos metían presos: “a estos hueones hay que cagarlos porque si tu mujer te ve apaleando a otra mujer te va a crear problemas en tu familia…”.

-¿No te daba miedo andar metido en esos trotes?
-Muchas veces, pero sentía una adrenalina tan fuerte que lo superaba. Piensa que yo salía a registrar en el tiempo en que los pacos andaban con perros, pastores alemanes y doberman, y de repente nos tiraban a esos bichos y era como estar dentro de una película nazi. Porque si viene un paco persiguiéndote, le podís hacer collera, pero si te lanzan un perro embravecido por las lacrimógenas y la violencia... olvídate. Después, eso sí, se empezó a formar una extraña relación con los pacos. Porque en la calle siempre éramos los mismos pacos y fotógrafos y el ser humano se comunica, aunque esté en bandos diferentes. No sé si has visto los monos animados del pastor que marca tarjeta con el coyote y después empiezan a trabajar. Esto era más o menos así. Porque el coyote salía a cazar las ovejas del pastor y nosotros salíamos a fotografiar y los pacos a balearnos, pero cuando terminaba el día todos nos íbamos cansados y nos decíamos “chao”. Era como el teatro del absurdo.

-¿Se echaban tallas también?
-Hueviábamos a los pacos. Una vez estábamos en el bandejón central y se supone que había una convocatoria para una protesta y éramos unos 20 fotógrafos. Como no pasaba nada, dijimos “hueviemos a estos huevones”, “ya po’” y partimos todos corriendo, nos metimos por Tenderini hacia Moneda y nos sentamos en la escalera de la Biblioteca Nacional, hasta que aparecieron los pacos, aceleradísimos, buscando dónde estaba la cagada. Nosotros estábamos cagados de la risa y ahí ellos también se reían.

-En la “Ciudad de los Fotógrafos” describías esos años de registros y protestas como un juego peligroso...
-Sí po’. Cuando yo salí de la cana en el ‘85, después de haber estado preso con Claudio Pérez, fui a una manifestación y de repente veo a un paco tomándome fotos. Era el mismo paco que me había arrestado y desde la micro me decía “viste, yo también tengo cámara, ¿te gustó la experiencia en la cárcel?” y yo le respondí que “sí”. ¿Me cachai? Era ese tipo de diálogos, con el mismo paco que te llevó preso, que te apaleó, que hizo desaparecer tus credenciales, tus cámaras, ese mismo paco ahora te agarraba para el leseo.

-¿Le preguntaste a uno de ellos por qué era paco?
-No, yo simplemente no entendía cómo estos desgraciados hijos de puta que son del pueblo masacraban a su propio pueblo. Muchos de ellos tenían contradicciones y otros, simplemente, eran felices. Yo conocí a un paco que se hacía las lumas en el sur porque en el centro de Santiago se rompían muy luego, ¿te fijai? Salían a romper cabezas y eran felices haciéndolo. Ahora, también hay que ver el factor sociológico de toda esta historia. El paco siempre fue despreciado dentro de la Fuerzas Armadas, eran los “paquitos”, entonces, cuando se vieron con un poco más de poder yo creo que liberaron todo ese odio que tenían y fueron sintiéndose poderosos.

PACO HIJO DE PACO-En “La Ciudad...” mencionas una foto que te marcó: la de un niño al que le habían sacado el ojo...
-Yo había visto apaleos, perros, ensañamientos de los pacos, pero esto fue brutal. No sé si fueron 10 pacos los que le sacaron la chucha, pero yo vi cuando un paco se dio vuelta, tomó el palo y se lo enterró en el ojo. Fue el tiro de gracia, porque llegar a ese nivel de barbarie sin fundamentos… ¡Si el cabro ya estaba apaleado, qué sentido tenía darle ese último golpe! Era de una inmoralidad, un descriterio, una falta de humanidad que me marcó... Cuando tomé la foto, me fui para atrás: no sabía con qué me iba a encontrar, tenía la cara tapada y de repente me encuentro con su ojo vacío... Por eso la foto está movida, pero la tomé porque creía, sinceramente, que haciendo un registro de la podredumbre... puta... vienen los buenos olores. Porque el ser humano es bastante extraño y necesita ver para creer.

-¿Te costó sacarte la violencia de encima?
-Yo nunca he sido violento, no es mi esencia. Lo que pasa es que te ves envuelto en esta historia y como comunicador esa era la contradicción. No es que uno sea amante de la sangre. Al contrario, nunca dejé de llegar angustiado y de llorar. Recuerdo que lloré dos veces trabajando. Una fue el día que le pegaron el balazo a la fotógrafa María Olga Álvarez. Estaba el Papa, y fue algo muy loco porque la gente andaba con los pañuelitos blancos gritando “¡el PAPA, el PAPA!” y al lado los pacos reprimiendo, rompiendo cabezas... Vino el baleo a la Maria Olga y después llegó el guanaco. Tratamos de cubrirla con una camilla, pero estaba desmayada. Ahí pensé “está muerta”, porque el balazo le llegó por el pecho y le salió por el brazo. Tuvimos que amenazar a los gallos de la ambulancia para que se la llevaran a la posta y después cuando nos íbamos con todos los periodistas mojados, embarrados, vimos a todos los pacos en fila que nos gritaban “¡¡¡¡VENDE PATRIAS!!!” porque nosotros éramos traidores.

-¿Qué les gritaban ustedes?
-Me acuerdo de un grito que salió en una protesta del Pedagógico, donde un compadre tenía a los pacos empapelados a chuchás: “¡paco concha tu madre!”, “¡paco hijo de puta!” Era tanta la rabia de este compadre que no hallaba qué más decirles, hasta que empezó “¡¡¡PACO, PACO…PACO HIJO DE PACO!!”

-Ja, ja… La máxima ofensa…
-Claro, y cuando lo dijo fue la cagá, porque hasta los pacos se rieron. Es que le salió de adentro.

-A Rodrigo Rojas De Negri le prendieron fuego el año ’86. Es la víctima de los fotógrafos movilizados.
-Creo que fui el último colega que lo vio antes de morir porque nos encontramos en la Alameda, y estuvimos hablando de lo que íbamos a hacer al día siguiente. Yo le dije que íbamos a salir en caravana porque había “ruido de sables”: así se decía cuando iban a salir los milicos a la calle. Le dije “Rodrigo, ten cuidado, sal con nosotros” pero dijo que no, que tenía un muy buen contacto en una población y mi cargo de conciencia es que era más joven y no tenía tanta experiencia en la calle. Yo debería haber sido un poco más drástico y haberle dicho “oye, hueón, para tu hueveo, si querís vamos juntos a tu contacto en la población, pero anda con nosotros”, pero el hueón fue solo y lo mataron.

-¿Tenías una relación cercana con él?
-No éramos amigos, pero le tenía estima. Además era muy pajarito, pero igual cuando apareció en las protestas, es verdad lo que dicen, nosotros pensábamos que era “sapo”. Claro, nosotros nos teníamos que cuidar de los pacos y de los pobladores también. De repente, a los pobladores les bajaban los monos y querían puro sacarnos la cresta porque pensaban que éramos de El Mercurio. Había muchos sapos.

SAN BERNALES Y
EL PUEBLO MAPUCHE
-¿Qué opinas de San Bernales?
-Puta, qué te puedo decir... Parece que era buen chato, lo siento por su familia, pero no es como para declararlo héroe nacional ni “el general del pueblo”, porque no es ninguna de las dos cosas. Se cayó un helicóptero, no murió en combate. Entonces, le levantan estandartes que no existen y es una forma de unificar al pueblo en pos de imágenes absolutamente absurdas.

-Los mapuches viven la represión más fuerte en estos días por parte de Carabineros y esa fue una de las gestiones por las que Bernales es santificado.
-No se puede llamar “general del pueblo” a alguien que reprime a nuestra esencia, que son los mapuches. Ellos son los originarios de esta tierra y si hay un acto de represión contra ese pueblo no es mi bandera y si alguien lo dirige tan orgullosamente, eh, a la cresta. Que en paz descanse, pero que se vaya a la cresta.


Kena Lorenzini, fotógrafa, ex reportera gráfica de las revistas Hoy y Análisis

“MI ODIO PARIDO DURANTE LA DICTADURA FUERON LOS PACOS”



Tuvo miedo, estuvo presa, fue apaleada y ayudó a un carabinero intoxicado con bombas lacrimógenas. Hoy se escandaliza con el fenómeno de "San Bernales" y la policía cada vez más militarizada que sale a reprimir las protestas. Parte de las imágenes capturdas por Kena en los `80 están incluidas en su libro "fragmento Fotográfico, Arte, Narración y Memoria, Chile 1980-1990".

-¿Cómo recuerdas los años 80 y tus primeras fotos en dictadura?
-Vivía aterrorizada. Con Marcos Ugarte éramos los fotógrafos más jóvenes de la Revista Hoy, hacíamos las mismas fotos, pero al principio las mías salían todas movidas, porque tiritaba del pánico. Ahora, igual había una cuestión más fuerte, porque yo nací en Talca y cuando la Junta Militar asumió, salí como muchos a la calle a celebrarlo. Pero cuando empecé a reportear, partí por sacarme un collar de perlas que me habían regalado, y fui aprendiendo y cambié completamente mi visión de las cosas. Me comprometí. Eso no me quitaba el miedo, pero me obligaba. También el ego y el hecho de ser mujer entre todo ese machismo ambiente que generaban fotógrafos, periodistas, editores, carabineros, milicos de la CNI... Yo quería estar ahí.

-¿Cómo te relacionabas con los carabineros?
-Mi odio parido durante la dictadura fueron los pacos. O sea, Pinochet era mi ídolo del odio, porque hacía el mal, pero los pacos hicieron sufrir mucho a las personas, las trataron perversamente. Bueno, su medallita es que degollaron a tres... eso es siniestro. Pero a la vez recuerdo haber visto a un paco desesperado langüeteando sal de la mano de un manifestante, porque no había mascarillas para todos y ellos se ahogaban igual que nosotros. En otra oportunidad tuve que auxiliar a un paco que vomitaba por las bombas lacrimógenas en una toma de terrenos.

-¿Cuál es la diferencia entre los pacos de los ochenta y los de hoy?
-En esos años recuerdo haber visto masacrar a una persona en el suelo de una manera brutal... Es que antes te apaleaban con ira, porque les metían la doctrina de la seguridad nacional, los comunistas y todo lo que tú quieras. Hoy no sé bien qué mueve a estos gallos, porque los pacos ganan menos que el promedio de la gente. Hoy también hay un fotógrafo que casi perdió un ojo, pero por lo menos tiene su caso en la justicia. Antes hubo uno que lo perdió totalmente y no pudo hacer nada, se tuvo que ir de Chile.

-¿Qué te parece lo que pasó con la muerte de Bernales?
-¿San Bernales? Patético. Pero la gente reacciona así con cualquier cosa, con el fútbol, los cantantes de rock, da lo mismo. El punto son las autoridades. Encuentro increíble que se invente al “general del pueblo” ¿Para qué? ¿con qué fin? Yo soy cinco veces bacheletista, pero fue muy triste ver cómo se desvirtuó está cuestión. Yo creo que ella confundió los afectos con un tema de Estado, porque es verdad que el menos malo ha sido Bernales, pero entre comillas. Porque pensemos todo lo que ha pasado en Temuco, la ley antiterrorista fue aplicada en su época.

-¿Hay algún episodio actual relacionado con Carabineros que te haya llamado la atención?
-Hace poco salió que un paco había disparado seis tiros al aire cerca de una universidad. Luego, el subsecretario de Interior, Felipe Harboe, dijo: “Es re fácil juzgar desde acá, pero no ocurre lo mismo cuando se está en su lugar, y a uno le tiran bombas molotov”. En la dictadura habrían muerto millones de personas más si las cosas se hubieran justificado así... Olvídate la cantidad de molotovs que les tiraban. Entonces que Harboe lo justifique así significa que en un rato podemos morir todos, porque si ese paco se asusta un poco más, en vez de disparar al aire le dispara a los cabros, o a nosotros que vamos caminando... Estos carabineros militarizados... Un militar tiene un arma para matar y tú lo sabes; pero un carabinero la tiene para defenderte.

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CHILENOS CANSADOS CON LOS DELITOS SE REÚNEN EN FACEBOOK

PROPONEN ESTERILIZACIÓN DE FLAITES



Facebook da para mucho. Pero sobre todo para armar movimientos “anti”, que convocan más que los “pro” y que permiten descargar esa mala leche que caracteriza a los chilenos. Por ejemplo, el grupo de los que quiere a Bachelet, auto-bautizados “Presidenta Michelle Bachelet, usted es lo mejor” ha reunido apenas a 42 miembros. En cambio el grupo “Sra. Presidenta Permítame decirle que tiene la cagá”, cuenta con ¡46 mil 800 inscritos!
En el terreno del odio también está el colectivo “Te apuesto que existe más de 1 millón de personas que no les gusta Pinochet”. Pese a sus grandes expectativas, hasta ahora han reunido 39.996 partidarios. Más, en todo caso, que un grupo Anti Lagos (los que no quieren que vuelva a ser Presidente) que sólo tiene mil 770 miembros. Hay otros que no despiertan ni mucho odio ni mucha adhesión. Es el caso de José Antonio Kast, el candidato a la presidencia de la UDI: tiene 500 partidarios y 441 enemigos reunidos en el grupo llamado “A sacar del parlamento a Kast”.
Pero entre todos los grupos rabiosos que se han formado destaca uno llamado “Esterilización para los Flaites”.



En poco tiempo ha reunido a 2 mil 800 chilenos. El autor es Sebastián Farías T. y en la convocatoria escribió: “Dejemos las hipocresías de lado: ¿Quién no ha sentido rabia al ver como los delincuentes, a veces sin causa aparente, otras, por droga, y en los mínimos casos por “necesidad”, ultrajan los derechos de otros, gente esforzada y trabajadora? ...¿No da rabia cuando se trata al criminal como a una víctima?; ¿Cuando faltan pruebas para inculparlo, a pesar de las evidencias?; ¿Qué sientes cuando uno de estos sub-humanos se acerca a tí o a alguien que quieres y simplemente lo insulta, lo asalta, lo golpea, etc?; ¿No piensas que ALGO se debería hacer?. Yo sí. La solución se llama esterilización.... En un par de generaciones nos liberaríamos de gran parte de la delincuencia”.
En ninguna parte Farías explicita su tesis de fondo: que el delito se transmitiría vía genes o vía vínculos familiares y de ahí la necesidad de capar a diestra y siniestra. Sin reparar en eso, casi tres mil chilenos han adherido . Aquí algunas de sus opiniones.
“Me parece una buena idea para que no se sigan reproduciendo y acabemos de una vez con esta plaga maldita”, Alejandra Ormazabal Rodríguez.
“Para mejorar la raza, por supuesto: la gran mayoría de estos delincuentes son descendientes cercanos de indígenas: busquen en las cárceles y miren cuántos caucásicos van a encontrar”, Rodrigo Alejandro González.

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Juan Eduardo García-Huidobro, ex presidente del Consejo Asesor de Educación


“SI TODOS LOS CHILENOS TUVIERAN A SUS HIJOS EN LA EDUCACIÓN PÚBLICA, SE ARREGLARÍA MAÑANA. PERO AHÍ ESTÁN SOLO LOS POBRES”

Es uno de los expertos más reconocidos en el tema educacional y pinta un cuadro muy claro de los actores y sus causas en este debate. Cómo las elites de derecha e izquierda se resisten a una educación pública de calidad para resguardar la exclusiva formación de sus hijos; cómo la Iglesia pelea por mantener la selección en los colegios católicos. Por último, le cobra a la Concertación el peor de sus errores: haber implementado el financiamiento compartido en las escuelas particular subvencionadas. Ello, opina, agudizó el clasismo y la segmentación tan presentes en la sociedad chilena.

POR MARCELA RAMOS • FOTO ALEJANDRO OLIVARES



Todos queremos una educación más justa e igualitaria ¿Por qué no se avanza en eso?
-Porque no estamos de acuerdo. Porque hay un conjunto de intereses, ideologías y modos de ver el mundo que se expresan en cuestiones tales como ‘yo quiero que mis hijos estén en una mejor posición que el resto’; o, ‘si logré llegar donde estoy, quiero legítimamente que mis hijos también lo hagan’.

-¿Quién representa esos argumentos? ¿La derecha?

-No me gustaría demonizar a la derecha en esto, pues al interior de la Concertación no hay una posición unánime sobre el punto. Tengo la impresión de que este es un tema muy sensible y ha sido una discusión larguísima en la historia de Chile. Uno lo ve cotidianamente. Ahora, sí creo que es una posición de derecha, aunque la tenga gente de izquierda.

-¿Y es una posición que representa también la Iglesia?
-Para tener un sistema de educación justo e igualitario en Chile, es necesario sacar dos cosas: el pago y la selección, de manera que cada familia pueda elegir lo que cree mejor para sus hijos. En el debate que realizamos en el Consejo, la Iglesia se opuso a terminar con la selección argumentando que eso iba en contra del proyecto educativo del establecimiento. Pero ese argumento es raro, porque es el colegio el que ofrece un proyecto. O sea, si soy católico y quiero un proyecto educativo laico para mis hijos, no veo por qué me van a dejar fuera. Del otro lado: si no soy católico, pero quiero un proyecto de esa creencia para mis hijos, bueno ¿no me van a aceptar? Eso me parece algo indebido, sobre todo si se está haciendo con la plata de todos los chilenos. Visto así, la libertad está en el empresario de la educación que selecciona y no en la familia.

-¿Y esto no cambia con la nueva ley propuesta por el gobierno, la LGE?

-No hay un gran cambio. Se coloca “la no selección” hasta sexto básico, pero se introduce este tema del proyecto educativo del colegio, entonces igual se abre una puerta para seleccionar. Claro, si un colegio no acepta a alguien va a tener que justificarlo, pero igual se abre una puerta demasiado ancha.

-¿Cuál es el temor de la Iglesia? ¿Perder influencia?

-El argumento se presenta de la siguiente manera: “si un apoderado elige un colegio católico, tiene que tener seguridad de que ese proyecto educativo va a ser posible. Y para darle esa garantía, tengo que asegurar que sea totalmente católico”. Si no recuerdo mal, el Cardenal Errázuriz, entrevistado por El Mercurio, puso el siguiente ejemplo: “si el proyecto del colegio es preservar el matrimonio indisoluble, etc, etc, por supuesto que quienes no viven eso, no pueden tener a sus hijos en ese establecimiento”. A mí eso me parece un exceso.

EL GRAN ERROR DE LA CONCERTACIÓN


-Usted estuvo durante seis meses al frente del Consejo Asesor de Educación. ¿Cómo se siente respecto al proyecto del gobierno?
-Si al final nos quedamos con la LGE, igual habremos dado un paso importante. Aunque la encuentro mezquina e insastifactoria para el momento que vive Chile, creo que hay un asunto que es muy relevante: los pingüinos lograron que conversáramos de educación y hoy sabemos que no hay acuerdo sobre estos temas.

-¿No le parece que eso es muy poco para celebrar?
-No, por lo siguiente: cambiar una ley de educación es hacer un cambio cultural. Acá los apuros no importan mucho. Vamos a tener una educación distinta cuando muchos miles de personas nos convenzamos de que es necesario que haya una cosa diferente. Debatir sobre educación no es lo mismo que aprobar una ley para subsidiar los combustibles.

-Pero tras 18 años de gestión concertacionista, ese cambio debía haberse producido ya.
-No le achaquemos todo a los gobiernos de la Concertación. Estamos metidos en un cambio cultural a nivel mundial, una transformación donde el individuo tiene mucha importancia; donde el peso del Estado es ridículo en comparación a los años 60 y esos cambios no van necesariamente en la línea de una mayor justicia social. La desigualdad en el mundo crece todos los días.

-Pero esos países que son más individualistas, se han construido sobre un estado de bienestar o, al menos, a partir de sistemas de educación pública y gratuita.

-Claro, siempre ha sido difícil aquí en Chile. Ahora, también es bueno decir algo. En los 80, el modelo neoliberal en educación implicó un enorme cambio en las reglas del juego. Pero eso se profundizó en 1993. Una responsabilidad central de lo que tenemos hoy es de la Concertación, que implementó el sistema de financiamiento compartido (el aporte que hacen las familias a los colegios particulares subvencionados). En mi opinión, es muy importante terminar con ese sistema aunque sea de manera gradual.

-¿Cuál es el problema con el financiamento compartido?
-Que cuando se implementó, un 92% de niños y niñas chilenas estaban en escuelas gratuitas ¿Qué implicaba eso? Que la mayoría estaba en ese sistema y tenía una voz más poderosa. Hoy nadie aboga por la escuela gratuita, en ella sólo quedaron los pobres, los sin voz. Es decir, los funcionarios del ministerio de Educación y los profesores de Chile, no tienen a sus hijos en un colegio municipal. Para qué decir los diputados, senadores o ministros. En el fondo, la educación pública de Chile pasó a ser la educación de los pobres, y los pobres no tienen voz en Chile. Un buen cambio sería haber pasado desde un 92% gratuito a un 98%, ahí tenemos más voz. Y si logramos el 100% gratuito, le aseguro que la educación es buena mañana, porque todos tendrían que mandar a sus hijos a una escuela gratuita.

-¿Y el financiamiento compartido tampoco se toca en la nueva ley?
-Es que implicaría tocar poderes adquiridos por los sostenedores, pero también por las familias, que ven que por fin también son elite, porque pueden decir “mi niñita tiene mejor educación que la de la señora de al lado, que es rasca y manda a su hija a un colegio municipal”. Entonces, esta desestructuración del clasismo, por decirlo de alguna manera, que ha ganado espacio, es muy fuerte. A eso hay que agregar que Chile tiene una tradición de educación pagada. O sea, entre 1900 y 1920 hubo dos discusiones: una, respecto a que era bueno que la gente aprendiera y otra pelea respecto a lo que en esa época se llamaban “las preparatorias”. Porque en aquellos años, el que iba al liceo, no iba a la escuela con todos, sino que asistía a cursos preparatorios. Y las clases dominantes chilenas mantuvieron a sus hijos en ese circuito separado. O sea, en el fondo Chile nunca tuvo esa educación que a veces soñamos que tuvimos. Una educación amplia, gratuita, eso no existió nunca.

-Pero cuando la Presidenta Bachelet, el ex Presidente Lagos y la ex ministra Alvear se jactan de ser hijos de una educación pública, la pintan así...
-En el momento en que Lagos fue al Instituto Nacional, los chilenos y chilenas que iban a enseñanza media, a humanidades, eran el 14%. Ahora, la punta de ese 14% iba al Instituto Nacional. O sea, los super selectos.

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ARÍSTIDES ROJAS, CABO SEGUNDO, NOS ABRE LAS PUERTAS Y LOS CLÓSETS DE LA INSTITUCIÓN:


“MI COMANDANTE ME DIJO QUE NOSOTROS ÉRAMOS LOS ESCLAVOS Y ELLOS LOS JEFES”

Hasta el año pasado, el cabo Rojas era todo un ejemplo en su comisaría de La Serena. Había
frustrado asaltos y decomisado drogas, hechos por los cuales el mismísimo general del pueblo -el fallecido Bernales- lo felicitó. De pronto, se
produjo un vuelco en su ascendente carrera.
Reclama que, tras un confuso incidente, lo sancionaron y detuvieron ilegalmente. Tras 13 años de servicio, y aburrido del maltrato de sus superiores, Rojas imita al exonerado cabo Leiva y critica a la policía con el uniforme puesto. También revela los cahuines más típicos que circulan por las comisarías: “si un cabo tiene un auto mejor que el de un jefe, lo huevean”, notifica.

POR JORGE ROJAS



El cabo segundo Arístides Rojas (30) es hijo y nieto de carabineros, como la mayoría de quienes postulan para ser policías. Durante 13 años trabajó como motorista y conductor de radiopatrullas, siempre en La Serena. Su historia profesional tiene dos partes: sol y sombra. En la primera hay un peak claro, cuando la prensa local lo catalogó de “carabinero héroe”. Eso fue en julio de 2004, tras enfrentarse a unos delincuentes que habían asaltado una casa. Por ese caso también lo felicitó el fallecido general Bernales, pero cuando aún no asumía la Dirección General, es decir, en la época previa a convertirse en mito.
La vida se nubló para Rojas en febrero del año pasado. Fue parte de una historia confusa en la comisaría; y lo culparon de un hecho respecto al cual, asegura, no tiene nada que ver. De vuelta, Rojas acusó a sus jefes ante la Fiscalía Militar por detenerlo ilegalmente. El ambiente se tensionó. Comenzó a recibir castigos. Dejó la lista uno (los mejor evaluados) y pasó a la cuatro (los peores). De hecho, lo más probable es que sea dado de baja en septiembre próximo (salvo un milagro).
“En la comisaría me decían que retirara la denuncia contra mis superiores, porque tenían la sartén por el mango. Además, me trasladaron y por cualquier cosa me daban días de arresto”, reclama el policía. Sobre su caso, en la sexta comisaría de La Serena no comentan mayormente. “Se encuentra con licencia médica por estrés laboral”, dice un superior.
La última gestión de Rojas para salvar la pega fue hablar con el entonces subdirector de Carabineros, Eduardo Gordon, actual General Director de la institución. La conversación entre ambos terminó con un consejo para el cabo, un clásico: la ropa sucia se lava en casa.

-¿Qué más le dijo el general Eduardo Gordon?
-Me preguntó por qué había denunciado a mis superiores. Le conté que me habían tomado detenido en forma injusta. Él dijo entonces que eso no se hacía, porque ellos eran los jefes, pero le respondí que no iba a aceptar un trato inhumano. Dijo, además, que por mi denuncia íbamos a salir en el diario y en televisión, pues eso desprestigiaba la labor de Carabineros.

-¿Usted quiere seguir en la institución?
-No, ya estoy aburrido. Yo no he matado a nadie ni he cometido ninguna falta como para que me hagan esto. Mi labor es buena, incluso tengo fotos con el ex general Alejandro Bernales, quien una vez me felicitó por un procedimiento. Es injusto que digan que soy el peor de todos, cuando antes me llamaban “carabinero héroe”.


CLASISMO INSTITUCIONAL


-¿Está desilusionado de Carabineros?
-Sí, porque me insultaron, me echaron de una unidad y los jefes le ordenaban a otros carabineros que no se juntaran conmigo. Era como el patito feo.

-¿Por qué hicieron eso?
-Porque abusan y les duele que un cabo, es decir, alguien de un grado inferior, los denuncie. Ellos pensaban que era un atorrante, pero tengo un abogado para defenderme.

-¿Son clasistas los oficiales?
-Claro. Imagínese que por denunciar a un mayor y a un capitán me estaban dando de baja. Los oficiales tienen un casino aparte y emplean como garzones a los propios carabineros del Plan Cuadrante. Los sacan de la calle para que sirvan como mozos y tienen que usar camisa blanca y pantalones negros.

-¿Qué más hacen?
-Si un superior se cambia de casa hay que descargarle el camión, hacer el aseo y pintar la casa... Y no pagan nada.

-¿A los jefes les gusta ser bien atendidos?
-Es que si no los atiendes bien, te pueden trasladar. Acá en La Serena, por ejemplo, van todos los jueves a una avícola a comprarle huevos a los jefes. Va un radio patrulla y compra todos los pedidos.

-¿Y a los de grados más bajos los miran en menos?
-¡Imagínese tener que descargarle el camión a un jefe porque se cambia de casa! A mí me mandaban cuando era nuevo. También, si un cabo tiene un auto mejor que el de un superior, lo huevean. A mí me investigaron por mi auto. Tengo un Hyundai del año 2005 y mi mayor me preguntó cómo había comprado el auto; y cómo podía tener uno mejor que un coronel, si solamente era cabo. Le expliqué que mi señora trabajaba y que estaba endeudado hasta el cuello por haberlo comprado.

-¿Qué otras conductas extrañas le tocó vivir?
-Por ejemplo, los oficiales hacen asados en la comisaría y toman alcohol. Están hasta las tres o cuatro de la mañana y después se van en los vehículos fiscales o hay que ir a dejarlos.

-¿Cómo es el trato con la familia de los cabos?

-Generalmente a las esposas de los carabineros las invitan para el Día de la Mujer a tomar once al cuartel, pero este año a mi esposa no la invitaron. Debe ser porque estoy reclamando. Fue una forma de marginarla.

-Usted es hijo y nieto de carabinero, ¿hay discriminación entre hijos de oficiales y suboficiales?
-Cuando los hijos de los suboficiales van a la Escuela de Carabineros los miran en menos y se preguntan cómo pueden haber llegado ahí. Dicen que eso es para gente que tiene plata. Cuando alguno de esos muchachos queda es porque sus padres trabajaban con jefes que ‘les hicieron la cuña’ . Para ellos es denigrante que un hijo de un carabinero de menor grado sea superior. Nosotros somos los esclavos.

-¿Cómo los esclavos?

-Una vez mi comandante me dijo que nosotros éramos los esclavos y ellos los jefes. Fue cuando me preguntaron por qué había hecho la denuncia.

DOLIDO Y CON MIEDO

-¿Qué es lo que más le duele de lo ocurrido?
-Que le dijiesen al resto de los carabineros que no se juntaran conmigo porque era conflictivo. Eso duele, porque sólo he hecho cosas buenas. No he delinquido, como cuando acá se roban el combustible. Al que lo pillan, lo sancionan con dos días de arresto, porque eso es un delito.

-¿Tiene miedo de que le pase algo por su denuncia?
-Sí, porque el otro día estaba en La Serena y me persiguió personal de la Dipolcar (Dirección de Inteligencia Policial de Carabineros). Mi temor es que me metan drogas al auto o me acusen por un delito que no he cometido.

-¿Usted sabe que Carabineros es una de las instituciones más confiables según la ciudadanía?
-Sí, y no sé cómo puede ser así. Acá en los cuarteles uno deja las cosas y se las roban; y cuando los carabineros quieren denunciar los hechos, les dicen que cómo, si les robaron en la propia comisaría... Es que los jefes siempre nos dicen que hay que vender una imagen. Esto es igual que una empresa. Si tenemos buena imagen, somos buenos.

-¿Usted está consciente de que lo pueden echar por dar esta entrevista?
-Sí. Ya he reclamado en todos lados y no queda nada más.


HERNÁN LEIVA, EX CABO QUE SE CONFESÓ EN TVN:
“CARABINEROS ME CAGÓ LA VIDA”


Hasta ahora sólo un carabinero se ha atrevido a criticar a la institución con el uniforme puesto. Fue el cabo primero Hernán Leiva, en abril de 1998, cuando la policía se encontraba enfrascada en un problema con los suboficiales por los bajos sueldos y las diferencias que había entre ellos y sus superiores.
En esa ocasión, el cabo Leiva apareció en el noticiero nocturno de TVN, contando las intimidades de los cuarteles y el clasismo que había en la institución. Al día siguiente quedó detenido.
-Ratifiqué todo lo que la prensa decía: que los carabineros y sus familias estaban descontentos con la situación que se vivía en los cuarteles y que el personal no estaba capacitado para realizar procedimientos. También dije que había discriminación y mucho clasismo- recuerda Hernán Leiva.
Según él, habló porque pensó que alguien tenía que hacerlo. Ello luego de ver cómo algunas esposas de carabineros habían sido maltratadas.
Lo que vino después –según él- fue una aplanadora dirigida por Carabineros para deslegitimar su testimonio. Todo demasiado terrible para alguien que en ese momento no tenía cómo defenderse.
-Después de dar el testimonio salí en la maletera de un auto, porque me esperaban varios carabineros de inteligencia para arrestarme. Esa noche dormí en otra casa y al día siguiente fui a la unidad con periodistas para que no me pasara nada. Adentro me insultaron y me llevaron a la fiscalía militar, donde me humillaron más todavía. Allí me dijeron que me mandarían al instituto médico legal para que me declararan loco y así mi testimonio no tendrían validez. Cuando iba saliendo dije que todo era una operación de la fiscalía para desacreditarme – recuerda.
Nada de lo que hizo, sirvió. Fue condenado por sedición impropia y lo dieron de baja. Tras diez años, dice que el drama que vino después de su baja fue tanto más terrible que lo vivido en los cuarteles: Leiva tiene los papeles manchados, por lo que no puede trabajar en lo que hace la mayoría de quienes dejan La Institución: empresas de seguridad. Estudió la carrera de “técnico jurídico”, con lo que podría ejercer como actuario en un juzgado. Pero tampoco ha postulado a ese cargo. Por los papeles.
Al momento de su expulsión, Leiva tenía cumplidos 23 años de servicio. Por ello hoy recibe una pensión cercana a los doscientos mil pesos.
En enero de este año, presentó una demanda contra el Estado chileno ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Quiere que reviertan su sentencia y que de paso lo indemnicen por el daño causado. Para él, hablar con el uniforme puesto es algo que se debe pensar dos veces.
-Cuando un carabinero habla sobre irregularidades que ocurren en el cuartel entra en funcionamiento una maquinaria que te aplasta. A mí me persiguen hasta hoy. Carabineros me cagó la vida, y todo porque hice observaciones sobre la institución más creíble del país–, reflexiona.

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EL PACO QUE MATÓ AL NIÑO


Óscar murió a sólo siete días de cumplir los 12 años. Una tarde peleó con el hijo del carabinero Miguel Canto Matus y a la noche el uniformado vino y lo mató. Los tribunales determinaron que la muerte fue accidental y a comienzos de mes condenaron a Canto a 5 años de cárcel. Aquí la reconstrucción de esa terrorífica noche, basada en los
testimonios entregados en el juicio.

POR VERÓNICA TORRES SALAZAR



on las 10 de la noche y Haydée Alcayaga está en pijama, acostada. Vive en Maipú, en una de las casas pareadas de dos pisos de la villa “Los Claveles 4”. Está sola porque su marido tiene turno en la fábrica de plásticos donde trabaja y sus dos hijos andan jugando por el pasaje. De pronto, Óscar (11) -su hijo menor- sube corriendo las escaleras mientras grita “mami, dame plata”.
-¿A dónde vas?, le pregunta Haydée.
-A comprar un completo, dice Oscar, “Voy y vuelvo”.
Pero Óscar no va a volver. En la plaza, lo están esperando sus amigos: Carlos (15), Luis (13), Francisco (15), Irania (15), Fernanda (15) y Scarlett (13). Es sábado 25 de agosto y están sacándose fotos con sus celulares. El juego favorito de Óscar es el baile del koala. Quiere bailarlo con Scarlett. Se gustan, a pesar que él es el más chico del grupo. Mide alrededor de 1.40 y le dicen “El Punto” porque, además de chico, es negro. En el barrio es conocido porque trabaja en la feria y en el camión del gas, subiendo y bajando balones. También tiene fama de peleador y maldadoso: una vez se encaramó en los techos de los vecinos y botó las tejas.
Al frente de la plaza, Óscar ve a Miguel y corre a molestarlo. Los niños fueron compañeros en cuarto básico en el Boston College, donde estudian muchos hijos de carabineros que viven en una villa cerca de ahí, justo en el límite de Maipú con Pudahuel Sur.
Las amigas de Miguel cuentan que Óscar le tenía sangre en el ojo, porque lo habían expulsado del Boston cuando Miguel lo acusó de llevar una cortapluma.
Fernanda, una de las amigas de Óscar, afirma que esa noche empezó a molestarlo por su voz de niña.
-Miguel se puso a llorar y le pedía a sus dos amigas que lo defendieran, pero ellas se reían. Todos nos reíamos... Entonces Miguel me dijo “tu soi compañera de mi hermana, así que dile que no me moleste más”. Yo le dije al Óscar “no te metai con él porque es hijo de un carabinero” y él dijo “si sé porque era mi compañero”; entonces, “anda a pedirle perdón” y el Óscar se fue corriendo detrás de él.
Óscar llegó a la villa de los carabineros donde hay tres torres de departamentos protegidas con rejas. Iba con Luis mientras que los demás venían atrás, jugando. Trataron de entrar a la villa, pero un guardia los echó.
En eso, aparecieron los otros niños, y como las torres están ubicadas en el borde de Américo Vespucio frente al Parque del Sendero, se les ocurrió cruzar. A veces se metían al cementerio por la calle Casas Viejas donde pintaban grafittis. Eran cerca de las 22: 30. Se sentaron en la cruz y Óscar se puso a contar cuentos de terror. Quería asustar a las niñas. Les hablaba de un hombre sin cabeza. Scarlett se reía coqueta. Toda la noche le habían hecho gancho con Óscar, pero ya era tarde, casi las once, y se les acababa el permiso. Tenían que volver.
El camino era solitario, de tierra, y cerca de ahí había un potrero. Estaba oscuro. No había postes de luz. Sólo unas ampolletas que alumbraban las pérgolas. Los niños venían caminando separados: adelante iba Irania con Carlos, al medio Fernanda, Luis y Francisco, y atrás Óscar y Scarlett. Recién se habían dado un beso. El primero para Óscar. No podía estar más contento. Entonces, apareció un auto en sentido contrario. Venía lento y se detuvo justo al frente de ellos. Eran los padres de Miguel: el carabinero Miguel Canto y Marvi Sunkel, quienes se bajaron, alterados.
“Le dije al Óscar que nos acercáramos a nuestros amigos, por si acaso” le contó Scarlett a los jueces. “En eso el caballero se bajó del auto, tira un balazo al aire y empieza a decir que porqué se había metido con el hijo de él. Pero el Óscar no decía nada. Se movía de un lado a otro. Estaba asustado porque el hombre lo apuntaba y el Óscar quedó parado y el caballero lo zamarreó. Le pegó una patada y le decía que nunca más se metiera con su hijo”.
Fernanda recuerda haber escuchado a Óscar pidiendo perdón. Ella estaba en un costado con los otros niños. Marvi -la esposa de Canto- les había dicho que se sentaran en la cuneta. Todos los niños declararon que para que le hicieran caso, ella les dijo que venían los carabineros. También los garabateaba. Les decía “cabros culiados, ustedes que trataron mal a mi hijo”. Los más grandes, Carlos y Francisco, no querían sentarse. Luis, en cambio, le gritaba a Marvi que se iba a sentar si ella le decía a Canto que dejara a su amigo. Estaban mirando todo porque las luces del auto estaban encendidas, y a Fernanda le costaba creer lo que estaba pasando.
“Yo dije a lo mejor no le va a hacer nada porque es un niñito y él (Canto) cómo se iba a meter con un niño si es tan grande. Pero el carabinero le decía hartos garabatos y estaba siempre con la pistola en la mano y a ‘onde se movía el Óscar, él movía la pistola. De repente, sentimos el disparo. Yo me puse a llorar y las chiquillas no reaccionaban. Entonces, él (Canto) empezó a llamar a la señora por su nombre y ahí tomó al Óscar de una mano y de un pie como si fuera un perro. Después lo tomó de la guata. Entonces, al Óscar se le dio vuelta su carita hacia donde estábamos nosotros y vimos que tenía los ojos blancos”.
Canto subió a Óscar al auto, con ayuda de los niños, y lo ubicó en las piernas de Marvi. Apretó el acelerador y se fue directo a la posta más cercana de Pudahuel. En el asiento trasero iba su hijo, Miguel, y las dos amigas que estuvieron con él esa noche. Todos lloraban. El hijo de Canto decía que era su culpa mientras que una de las chicas pedía que manejaran más despacio. Al llegar a la posta, Canto se bajó con el niño en brazos. Según la fiscal, Mitzi Henríquez, al ingresar el carabinero no se identificó y dejó a Óscar en una camilla. El médico le tomó el pulso y dijo “este niño está muerto”.
- “Ahí, Canto dice ¡no!” y se va corriendo al auto- cuenta la fiscal-. J
usto en la posta, había un carabinero que estaba de guardia. Él dice que sólo vio a un tipo con un cuerpo que después salió corriendo y pensó que era un delincuente, entonces, sale a perseguirlo, pero ve que arranca en un auto. Se devuelve y llama a la unidad y les cuenta que hay un menor muerto a lo que, posteriormente, le indican “quédate ahí, ya va ir el oficial de guardia. Canto se está entregando, habría sido él”.

EL CABO CANTO
Miguel Canto Matus era carabinero hace 19 años. Entró el año ‘88 y fue destinado al sur. En Puerto Aysén conoció a Marvi Sunkel cuando ella trabajaba de cajera en un café que él frecuentaba. Marvi recuerda que cuando supo que era carabinero pensó “es paco, qué lata”. Pero Canto la hizo cambiar de opinión: le abría la puerta del auto y no decía garabatos. Para ella, era un perfecto caballero y al mes se fueron a vivir juntos: a escondidas, los uniformados sólo pueden vivir en pareja cuando están casados. Pero las intenciones de Canto eran serias y seis meses después celebraron el matrimonio.
Los Canto Sunkel vivieron en algunos pueblos de la Carretera Austral hasta que llegaron a Santiago hace siete años. Canto era Cabo Primero de la 55ª Comisaría de Pudahuel Sur y en su hoja de vida no existen anotaciones negativas. Salvo la última nota escrita el 26 de agosto- el día siguiente de la muerte de Óscar- donde es dado de baja por “conducta mala”. No se específica más. Pese a que la “conducta mala” implica haber dado muerte a un niño de 11 años con su arma de uso personal: una Taurus BT 92 C calibre 9 milímetros.
Según Marvi, para comprar esa arma Canto vendió la que tenía antes. “Desde que lo conozco (hace 16 años) él siempre ha tenido arma particular. Siempre porque Santiago es peligroso. Este mismo sector (Pudahuel) es súper complicado y a todos lados él va con el arma. Al mall, al banco, a la feria. Primero, la usaba en una sobaquera y después en unos bolsitos”.
El propio Canto le relató al tribunal “para mí, el mantener mi arma conmigo era como que me pusiera los zapatos, era muy normal”…
La noche del 25 de agosto, Canto venía llegando del mall Maipú con Marvi y tenía su arma consigo. Marvi dice que si las cosas hubieran pasado 10 minutos después el arma habría estado en otro lugar “pero Miguel igual la habría ido a buscar porque estaba acostumbrado a salir con ella”. Marvi recuerda que estaban ordenando las bolsas del supermercado cuando su marido le preguntó por Miguel (11)- el menor de sus tres hijos- que aún no llegaba de pasear con sus amigas.
- “Yo le dije a mi marido que iba a llamar a las mamás de estas niñas y en eso escuchó gritos y llantos por la escalera. Era mi hijo que venía desesperado. Yo jamás lo había visto así. Yo le dije “te asaltaron” y lo tomé para revisarlo y me dice que él estaba afuera de un bazar y que empezó a recibir golpes por la espalda de parte del Óscar y yo le digo: “¡¿qué Óscar?!” y me dice “ese que fue mi compañero de curso”. Pero yo no caché quien era y le dije: “¡pero como ese cabro te viene a pegar, que se cree!” recuerda Marvi.
Las amigas de Miguel- Aline (12) y Francisca (14)- le dijeron a Marvi - y también a los jueces- que ese día Óscar llegó a la villa de carabineros tirando piedras y amenazando de muerte a Miguel. Por eso, Canto y su esposa decidieron salir a buscar a Óscar para conversar con sus padres. Como no conocían al niño, les dijeron a su hijo y a sus amigas que subieran al auto para indicarles. Dieron vueltas por la plaza y Marvi se bajó a preguntar por Óscar. En eso, una de las niñas recordó que lo había visto arrancando con sus amigos hacia el cementerio. “Yo le dije a mi marido, vamos” recuerda Marvi y al llegar “vimos colores, parkas, a nuestro lado izquierdo. Supusimos que tenían que ser ellos, ¿quiénes más iban a ser? Apenas se bajó mi marido, se fueron todos hacia el lado de él y yo grité ¡cuidado! Porque como era oscuro, tú no veías caras, no veías nada. No podíamos saber si eran menores”.
Ahí es cuando Canto dispara al aire. Según dijo en tribunales, lo hizo porque el lugar era peligroso “Al hacer el disparo, ellos (los niños) se separaron y me dijeron “no si el menor que está atrás es el que busca” y en ese instante yo me dirijo hacia el menor y en el trayecto corto que hice cambió el arma a la mano izquierda y yo no sé, ignoro si se cayó antes, pero cuando lo encuentro el menor está en el suelo”.
Los amigos de Óscar dicen que fue Canto quien lo botó para patearlo en el suelo mientras Marvi les decía a ellos que se sentaran en la cuneta: “Les dije garabatos, pero no los que ellos dijeron. Yo estaba muy enojada. Porque vi a dos niños grandes y les dije “cómo no frenaron a su amigo, por qué dejaron que él le pegara de esa forma a mi hijo. Siéntense en la cuneta”. Yo vi mucha gente parada al lado mío y decirles que se sentaran era una manera de sentir que dominaba la situación, pero nunca tomé ni senté a ninguno por la fuerza y después les dije “voy a llamar a carabineros””.
Marvi dice que estuvo todo el tiempo de espaldas a su marido y que no vio nada hasta que sintió el segundo disparo. Según el informe del Servicio Médico Legal, la bala entró en el cuerpo de Óscar por el sector intercostal, perforó el hígado, el pulmón derecho, la aorta y el pulmón izquierdo. No había forma de que sobreviviera. Canto dice que el disparo se le escapó al tratar de levantar al niño del suelo: “él forcejeaba conmigo, yo creo que igual me tiraba patadas, y yo siempre con el arma en la mano izquierda apuntando hacia abajo y a ‘onde hago la fuerza para levantarlo, disparo el arma, pero en forma accidental. Nunca queriendo ocasionarle la muerte y de ahí veo al menor sangrando y le digo a mi señora “se me escapó un tiro””.
En el auto, estaba el hijo de Canto y sus dos amigas que no recuerdan haber sentido el segundo disparo. Sólo tienen grabado el trayecto hacia la posta. Francisca (14) declaró: “Estábamos todos histéricos y el tío le decía a la tía “Marvi, cómo va”; “va bien”, decía ella; “me van a dar de baja”, decía él. Puras cosas así”.
Canto dejó a Óscar en la posta y se fue a entregar a la comisaría donde trabajaba. En el camino le dijo a Marvi que, por favor, nunca lo dejaran solo. Le dio un beso y ella se fue con los niños a la casa hasta que pasaron dos horas y la fueron a buscar de la comisaría.
- “El jefe máximo me dice “a contar de las 00: 00 horas de hoy, su esposo fue dado de baja de la institución”. Yo pensé mientras dura la investigación y me dice “tiene que ser fuerte, ahora se está trabajando en el cuerpo del menor”. Ah, claro, dije yo, los doctores deben estarle cosiendo las heridas o limpiando la sangre. No, me dice, “el menor falleció” ¡Qué!, le dije”.
Marvi fue acusada por la fiscalía como autora de homicidio calificado junto a su marido. ¿La razón? Haber presenciado el hecho sin hacer nada por evitarlo. Marvi no quiso declarar en el juicio: tenía miedo de romper en llanto. Sin embargo, la noche en qué murió Óscar le dijo a la Brigada de Homicidios que se había molestado con su marido porque reaccionó de forma muy pasiva cuando llegó su hijo Miguel a la casa. Entonces, le habría dicho que salieran a buscar a los padres del niño. La tesis de la fiscalía es que el matrimonio salió de su casa esa noche con la intención de matar a Óscar. Y el argumento es que Canto fue armado a defender el honor de su hijo mientras su señora reunía a todos los niños para que recibieran la reprimenda.
Pero el Quinto Tribunal Oral dejó a Marvi fuera del proceso y condenó a Canto por homicidio simple. Le dieron 5 años y fijaron una indemnización de 30 millones de pesos que deberá pagar a la familia de Óscar. Sin embargo, la fiscalía no quedó conforme y va a presentar un recurso para anular el juicio. Dicen que el tribunal no valoró las pruebas presentadas. Que la única versión que se tomó en cuenta fue la de Canto y no la de los menores. Que Marvi también está involucrada. Que el arma tenía cuatro seguros y que, para disparar, Canto debió quitarlos todos. Que era carabinero y sabía de armas. En su relato, Canto subraya que después de disparar al aire se cambió el arma a la mano izquierda para acercarse al menor. Canto es diestro y ese es uno de sus argumentos para explicar el accidente: si hubiera querido disparar habría ocupado su mano derecha como lo hizo con el primer disparo. Pero en vez de cambiar el arma de mano, ¿por qué no la guardó?...
El día del juicio, la fiscal Henríquez le preguntó a Canto qué pretendía esa noche al acercarse al menor y levantarlo del suelo. Él contestó:
- No sé, po’, a lo mejor reprimirlo, decirle por qué le pegaba a mi hijo tanto…
- ¿No se le ocurrió hablar con el menor desde lejos, sin el arma, sin tomarlo, sin tocarlo? Insistió la fiscal.
Canto respondió: “NO”.

PECHO PERFORADO

Después que Canto llevó a Óscar a la posta, los niños corrieron a avisarle a la familia. Haydée -la mamá de Óscar- recuerda que sintió unos gritos y su hija Karina bajó a ver lo que pasaba. Entonces, le dijo “mamá, un carabinero le disparó al Óscar”. Haydée pensó lo peor. Si un carabinero le había disparado a su hijo, algo malo tenía que haber hecho. Tal vez había robado. Le dijo a su hija que fuera a llamar a su papá mientras que Haydée salió con una vecina a averiguar dónde habían llevado al niño. Entonces, se acordó que no llevaba su carné y se devolvió a buscarlo. Ahí se encontró con uno de los niños, Francisco, y le preguntó qué había pasado: “el Óscar le pegó al hijo del carabinero y por eso él se enojó, fue a buscarlo y le disparó”, respondió.
Haydée intuía que el niño debería estar en la posta más cercana, así que fue corriendo. Cuando llegó nadie le decía si Óscar estaba herido o había muerto. Su marido apareció una hora después. Haydée estuvo todo ese tiempo preguntando si había llegado un niño herido a bala, pero sólo le tomaron sus datos. Cuatro veces le preguntaron el nombre. Haydée repetía entre llantos: ¿quién lo hirió?, ¿quién lo trajo? En el juicio se supo que el carabinero que estaba en la posta tenía órdenes estrictas de no decirle a la familia lo que Canto había hecho hasta que se supiera qué pasaría con él. Es más, fue el fiscal que tomó la causa en un principio, Emiliano Arias, quien recién a las cinco de la mañana, les dijo que el niño había muerto.
- “Ahí uno se borra. No sabe qué pensar, qué hacer con la muerte. Uno dice “¡por qué!”… Me quedé sentada y mi esposo entró a ver al niño. Dijo que tenía perforado su pecho. A mi hija no hallaba cómo controlarla. Lo único que hacía era echar garabatos contra ese carabinero. Era tanta la rabia ... Yo estaba así como vacía”, dice Haydée.
En la villa, todos comentaban lo que había pasado. Nadie podía creer que Óscar había muerto. En su funeral flamearon banderas del Colo-Colo, su equipo favorito. Estaban todos sus amigos, incluidos, los que estuvieron con él por última vez. Gracias a ellos, Haydée pudo saber qué había pasado esa noche con su hijo. Pero mientras más le contaban, menos entendía por qué. Necesitaba preguntarle a Canto: por eso, en enero fue a verlo a la comisaría donde estaba arrestado y se lo negaron.
“Uno no entiende que con tantos años de servicio él haya hecho esto” dice Haydée y continúa: “eso es lo que más me duele. Porque había dos cabezas para pensar. Dos. Ella podría haberle dicho “no lleves el arma o asustémoslo no más”. Porque si estaba tan enrabiado, por qué no llevó a mi hijo a la comisaría. Por qué no lo encerró un par de días, o le pegó unas chuletas. Pero matarlo, no encuentro que fuera lógico”.
Ni Carabineros ni la familia de Canto se acercó a los Landeros a entregar sus condolencias.
Dos semanas después del crimen, el 11 de septiembre, no muy lejos de ahí, el cabo Cristián Vera fue asesinado en una población de Pudahuel Sur por el joven Eduardo Espinoza. En los medios se dijo que había sido una venganza por lo de Óscar, pero nada se pudo probar. Y lo cierto es que el único vínculo entre ambas historias es que ocurrieron en la misma zona y que Vera y Canto habían sido compañeros de comisaría. Durante el juicio se supo que fue Vera quien llamó al carabinero que estaba en la posta indicándole que no tenía que decirle a la familia de Óscar que era Canto el que había disparado.
Pero ambas historias tuvieron distinto final. Mientras el cabo Vera fue elevado a la categoría de mártir nacional, el crimen de Óscar fue olvidado por los medios.
Después de 10 meses en prisión preventiva, Canto fue juzgado y, a pesar que Marvi Sunkel no quiso declarar, leyó para la prensa dos cartas manuscritas de ella y su marido donde pedían perdón y contaban que su familia también estaba destruida.
Para Haydée todo eso se trató de un show porque a su casa no llegó ninguna carta. Marvi dice que no fue a dejarlas, personalmente, por miedo a que pasara algo.
- “Ojalá algún día en el fondo de su corazón puedan entender que Miguel no iba a salir con su hijo, su señora y con dos niñas más diciendo “yo lo voy a matar” dice Marvi y agrega: “nuestra familia también está destruida. El primer mes con Miguel nos hicimos recriminaciones mutuas. Yo le dije “por qué no guardaste el arma después del primer tiro” y él me dijo “por qué no me dijiste vamos al otro día, busquemos a los papás”.
Canto está recluido junto a otros uniformados en el anexo cárcel transitorio de la Subcomisaría Pudahuel Norte mientras que Marvi está sola a cargo de los niños y de su nieto. Vendió su auto y ahora se mantienen, únicamente, con la pensión que reciben de Carabineros. Una tía les paga el Internet y el teléfono. Marvi dice que lo material no le importa, lo que sí le duele es estar separada de su marido y que él ya no sea más carabinero.
- Mi marido era carabinero el 99,99 % del día y el 0,01 que quedaba era papá y siempre discutíamos por eso. Yo le decía “vente a tu casa”, pero él amaba su cuento de carabineros. Él no lo reconoce, pero yo sé que sufre y me molesta que la prensa hablé del ex cabo Canto. Porque ese día él no salió con su profesión en la frente. Salió como cualquier papá sale a defender a su hijo. Pero como era carabinero siento que se le está enjuiciando el doble. Como que él tenía que estar preparado para todo. Pero un carabinero es una “persona” que viste uniforme verde que tiene problemas y que también siente.
Canto baleó a Óscar siete días antes de que cumpliera los 12 años. Sus amigos dicen que él quería ir a Fantasilandia a celebrar y estaba juntando plata para eso. Haydée era la encargada de guardarle cada peso. Eran muy unidos. Dormían juntos y en la mañana, ella le abrochaba los zapatos a Óscar y cuando su marido se enojaba con él, lo defendía. A pesar que sabía que su hijo era desordenado y peleador. Lo más lejano a una blanca paloma. Pero era su hijo.
-Yo lo echo de menos. Imagínese cómo estoy: sola, sola. Con mi esposo no nos llevamos porque es una culpa que nosotros sentimos. Tal vez porque yo le di permiso. Es terrible sentirse así. Porque todos los días usted se levanta y ve su cama. Todos los días lo ve y al acostarse piensa lo mismo- dice Haydée.
Haydée no asistió a tribunales cuando a Canto le dictaron sentencia. Sólo andaba su marido Iván Landeros, acompañado de sus cuñadas. A ninguno de ellos la pena le pareció justa: esperaban 10 años.
- No le deseo ni a mi peor enemigo lo que me pasó a mí. Porque es una pérdida puta, irreparable- dice Landeros, “echaron a perder un matrimonio completo. Ahora hay discusiones ¿y por culpa de quién? Del paco que mató al niño. Ahora, esa persona puta, según los antecedentes que recabaron, era intachable, tranquilo, había trabajado con niños, pero nunca he visto que alguien así actúe de esa forma. Entonces, todo eso me da más rabia”.
En agosto próximo se cumplirá un año de la muerte de Óscar y los amigos que lo vieron morir ya no son los mismos. Fernanda declaró en el juicio que ahora les tiene miedo a los carabineros. Que si le pasa algo en la calle ya no sabe a quién recurrir. Carlos, en cambio, dice que nunca les ha tenido miedo, “pero ahora encuentro que son todos los huevones igual de abusivos. Se aprovechan de uno porque es menor. Igual como el paco que mató a mi amigo”.

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