20080705

CONCURSO DE CUENTOS



Ganador concurso de cuentos “Bajo el volcán”

EL ABURRIDOR



Por Pablo Solé Ordenes

La cosa es que estaba ahí parado con todo eso afuera y gritando ¡mírenme! y la corneta se le arqueaba para un lado y las niñas se reían de él, se esforzaba por causar impresión y comenzó una paja, pero las niñas se rieron, él no acabó y fue otro chasco en su vida de exhibicionista. Así se empieza y se termina una carrera exitosa, eh, oye, sírveme otro igual, como te iba diciendo, uno empieza y termina con todo cuando la vida quiere, no cuando nosotros queremos. Mira a esos señoritos importantes sentados, mirando sus copas sin tocarlas, jugando al misterio, vienen aquí cada noche, se sientan en la misma mesa, piden lo mismo y se quedan ahí horas, a ratos levantan la vista miran alrededor, se hacen un gesto y menean la cabeza sonriendo, luego vuelven a mirar sus copas, intelectuales de mierda, se creen la gran cosa, piensan que esta güeá es “magia” y no han cachado que el bar es sólo tabaco y alcohol, y el resto es paja molida. Bueno, qué más da, qué nos importa a nosotros, malditos los locos y malditos los muertos, siempre vienen y van, y en los sucuchos como estos siempre se ven, como dijo mi padre antes de orinarse y vomitar en la cena de año nuevo, “en los bares, los muertos viven y los vivos mueren”, pero el viejo estaba demasiado puesto como para saber lo que decía, así que sin más se le sale la mejor frase que ha dicho en su vida, pero no era él, era el cola de mono que hablaba por él, la magia de fin de año que le llaman. A veces me digo que no es gracioso ser un borracho, a veces caes bien, pero con el tiempo tus amigos te abandonan y nadie te quiere volver a llamar, me podría quedar en casa, pero esto me llama, porque me pierdo un rato ¿sabí?, mosca de bar, como dicen los Dos minutos, esa canción, ¿te acordai cómo era? Bueno, no importa, pero como te decía, tomar algo, y quedar ahí sentado sintiendo que ya nada importa. Me gusta ir al bar de René, la cerveza barata, la música fuerte, la seguridad de que nada puede salir mal en ese lugar. Luego está el 777, ¡mierda!, imaginas que calle abajo se pusiera el 666, sería un éxito rotundo, poder ir al infierno sin pagar el alma, hace años no voy, no al infierno, sino al 777, el infierno no existe en otro lado sino que acá con nosotros, “el infierno son los demás”, sí, es otra frase robada, se me da bien eso de recordar frases y repetirlas sin recordar al autor, no es ético pero impresiona a los amigos, de seguro no me dejarán entrar, al bar, recalco. Mi última visita fue desagradable, boté la cerveza unas tres veces, la limpiaba con mi mano y sorbía entre carcajadas desde la mesa, escupí al mozo, y me invitaron a salir. Ser pendenciero es un chiste, más bien lo era, me granjeó amigos de pendejo, pero ahora, cuando todos ya crecieron soy un simple ebrio desagradable que no dan ganas de convidar, ¿Que si me han sacado la chucha? Claro, me he llevado un par de palizas pero es parte de la vida, recuerdo aquel tipo que entró y vio a su mujer bebiendo con un don nadie y le pega una cachetada que la deja escupiendo sangre y dice “he tratado de hacer de ti una mujer de bien y no eres más que una puta... y si alguien tiene algún problema con lo que acabo de hacer que me lo diga y lo resolvemos afuera”. Era que me dijeran, levanté mi vaso de cerveza, tomé un trago y lo arrojé al suelo, cagado de miedo porque el güeón medía uno noventa o más, y la cara que tenía era peor que un lagarto, pero ahí estaba yo aceptando el reto, él estaba tan curao como yo y me dice “mira, listillo, si quieres ganar una medalla, la guerra ya acabó, y si aprecias tus cojones y tu pajarito no me molestes, ¿entiendes?”. Escupí, hice las de macho y lo acompañé afuera, me fui encima de él como si el mundo dependiera de ello y no conseguí más que una patada en los cocos y una derecha como la de Chifeo Mendoza con dieciocho años y sobrio, alguien me decía que lo dejara, pero no iba a dejarlo, ya estaba metido y era una pelea de borrachos, lo que significaba que no acabaría pronto, la mujer seguía adentro maraqueando con cualquiera que le prestara ojos, después de romperle la cara me pescaría a la vieja, me dije. Mientras fantaseaba llegó el segundo aletazo directo en la sien, y probé el pavimento, vi como se alejaba el gorila, y no pude más que gritarle “ya nos veremos, conchetumadre”, con lo que se volvió y me pateó las costillas, ahí me dije que la cosa no podía acabar así, le pedí que me ayudara y le invité una piscola en el bar de enfrente, y no es que yo sea maricón, pero debes reconocer cuando estás cagado, una noche para olvidar, acabé en un departamento de Recoleta, con una mina preguntándome si quería café a las tres de la tarde, oliendo a vinagre sexual, suplicando por una aspirina y el tipo que me sacó la cresta ya no estaba. Eso era antes, me podía dar el lujo de ser un mierda total, sin temor a nada, con la certeza de no tener nada que perder, sabía que nada tenía sentido, en definitiva, era la única forma de mirarme al espejo día a día. Ahora hay que ser “cool”, tomar con moderación, saber de vinos, ¿tinto o blanco?, güeás de flaites, hay que saber precios, marcas, colores, olores y maridajes, y ensamblajes y güevajes varios. Hay como cien marcas de chela, todas artesanales, todas muy raras, ¡güeón, hay una con chocolate! ¡Cho-co-la-te! Incluso me han dicho, ante mis reclamos por la temperatura de alguna que otra, que se debe beber tibia o a temperatura ambiente. Y escucha esta güeá, algunas deben ir con espuma. ¡Espuma! Qué onda, la cerveza va helada, casi congelada, pero los “expertos” cagaron todo. La chelita fría ya se acabó. Puta, y se sirve con el vaso de lado, esa güeá hasta en la nocturna lo saben. Y además estai obligado a comer algo, maní, marraquetas con ají, restos de papas fritas. ¿Qué pasa en este país? No se puede ser un dipsómano tradicional, güena palabra, la escuché ayer en la tele. Sólo beber hasta reventar. Sólo compartir con los amigos que me quedan, los pocos litros que me quedan. Beber mientras pasa la vida la hace más soportable, no mejor, sino soportable. Si te aburro, me decí. Y un día fui al psicólogo por una mina que tuve que me dijo que chupaba mucho y ahí empecé a soltar el rollo, que de chico me molestaba el tumulto de personas, que me gustaba imaginar un sitio para estar solo. Pestañear tranquilo. Un defecto del aislamiento es creerse mejor que el resto, me dijo. ¿Cachai? Soy igual a muchos, le dije, tengo los mismos defectos o virtudes que miles. La güeá es compleja. Existen reglas, y existen hijos de puta que te van a obligar a seguirlas por las buenas o por las malas, y ellos conocen formas muy malas. Y dale con la tonterita del psicoanálisis, me sacaba y sacaba palabras, y tuve que decirle algo sobre mi mamá pa que se dejara de güeviar, pa que la cortara con la güeaíta. Te quejas demasiado, me dijo, hay gente pobre, y ellos sí que la pasan mal. ¡Y qué me importan a mí los pobres, yo no soy pobre! No entiendo por qué aparecen en mi vida como ejemplo, como gente que se merece muchas cosas, que se merecen mis cosas porque no las tienen. Yo tampoco tengo algunas cosas que me gustaría tener. ¿Matarme? No le dije la dura, pero a ti te digo que a veces lo pienso, como que me calma la idea. Y fui a ver al viejo después de la terapia, ella me dijo que fuera. Sí, era psicóloga, igual era rica la mina. Y me dijo, mi viejo, no la psicóloga, ¿qué pasa?, y yo le conté puras mariconás de cómo me sentía, reconociendo errores y eso, a lo que respondió eso lo sabía hijo y me reconforta que lo hayas entendido, todo ha sido por tu bien, al menos ahora que lo sabes no te costará tanto salir adelante, sí viejo, lo que pasa es que la mierda la tengo hasta el cuello. Mira, no te entiendo, no eres como tus hermanos, y justo ahora estoy un poco ocupado, y además ya estai peludito, yo a tu edad no tenía un papá que me ayudara, salí adelante sin la ayuda de nadie, dime ¿qué es lo que pasa realmente? Concretamente, sin tantos rodeos. Nada, le dije. Le conté todo esto a la loquera y me dijo que le diera tiempo. Ahí me olvidé de Froi, ¿Freud?, bueno, da lo mismo. Una completa locura, güeón. Y a ponerle el hombro no más, con mi sueldito de mierda, una casita de mierda y una familia de iguales condiciones. Y dios gana millones tirándose las pelotas, pero uno sin esfuerzo no gana nada, y ahora todo es una imposición, ahora bajar la cabeza y servir por 20 años más por ocho lucas diarias y veinte tipos que quieren tu puesto, para poder vivir. A ver, espera, ¿te queda copete? A mí no, voy por otro, ya vuelvo, te conté de ese escritor que escuchaba música clásica mientras culiaba vomitando y maldiciendo, y escupiendo fuego por el poto, faltan cojones, decía, los cuentitos pagan el alquiler, las letritas juntas pagan el alcohol, las rimas dan de comer al gato...¡Güeón!, ya me acordé:
gato...¡Güeón!, ya me acordé:
“OtranocheenlaciudaaaanadaparticulaaaaryEnriquesevahaciaelviejobarDonManololosaludaaaaeselmozodellugaaaarylepreguntaEnriquequévasatomaaaryéllecontestavodkaconGanciaaaaHoolaaMaanooolocómoandásyéllecontestavodkaconGanciaaaaHoolaMaanooolocómoandáaasLalunailuminaaaaatodalaciudaaaaadyEnriquesiguesentadoenelbaaarlosvampirosyasefueroooonlanocheyasevaaaaayEnriquesigueesperandolarevooluuuciónporquevossosunamoscadebaaaarporquelavidaesunbaaaarporquevossosunamoscadebarporquelavidaesunbaaaaaar...LlegóVeraysuImpalarojollevaráaEnriquepoortodalaciudaaad”.
Es la zorra esa canción, puta güeón ¿pa donde vai?, si la canción es la raja, ¿que estoy gritando? ¿curao? Ándate a la chucha, culiao, ¿jugoso? Si querí también, a ver cuando te invito de nuevo ¡Conchetumadre!


Mención honrosa: EL AZOTE



Por Patricio Jara

Camello es el primero en verlo. Lo ve afirmado en la muralla en frente del bar como si intentara mantenerse en pie en medio de un tifón, como si quisiera conservar el equilibrio parado sobre un disco giratorio. Pero Camello no dice nada hasta estar seguro de que se trata de él. Por eso se queda unos pasos atrás, mientras adelante Tarántula y Grillo caminan discutiendo si es mejor tomar un taxi o seguir a pie. Son las dos de la mañana de un miércoles de agosto. La tarde anterior los tres llegaron temprano a la iglesia y han sido los últimos en irse. Querían pasar todo el tiempo que fuera posible sentados frente al cajón donde estaba Conejo. Conejo huevón, decían entre susurros cuando salieron a fumarse un cigarrillo afuera de la sala de velatorios. Cómo crestas se fue a quedar dormido manejando.
Tarántula y Grillo están por llegar a la esquina, pero Camello no se ha movido de la puerta del bar. Entraron poco antes de las diez de la noche y ahora, tal como en la iglesia, son los últimos en salir. Camello tiene la vista clavada en la vereda opuesta y ya no duda. El hombre que se tambalea al otro lado de la calzada es alguien a quien conoce pero no ha visto hace quince años, desde que salió del colegio y tomó una flauta por última vez. Pero Camello no quiere equivocarse. Más de una vez ha saludado y dicho al oído hola, maricón a tipos con los que después debió deshacerse en disculpas. Por eso prefiere dar seis pasos al frente hasta quedar en el medio de la calle. Desde allí fuerza la vista todo lo que le permiten las cuatro piscolas que lleva disueltas en las venas. Sí, es Ildefonso, el profesor de música.
Ninguno de los tres se lo ha topado desde que salieron del colegio. Ninguno volvió a verlo ni supieron de nadie que se lo hubiera encontrado. El viejo simplemente desapareció. Por eso los tres se han quedado viéndolo. Tiene los pantalones meados hasta las rodillas.
Tarántula, que siempre tuvo inquietudes musicales y un talento en bruto, pero talento al fin, tiene recuerdos más buenos que malos de Ildefonso, como la vez que lo incorporó a la orquesta de navidad o cuando le prestaba para callado el bajo eléctrico del colegio para ensayar con su banda de rock. Pero Tarántula también sabe que lo suyo fue una excepción.
Camello recuerda las clases de solfeo. Ildefonso toma un puntero y llama uno a uno a los 40 alumnos. Frente al pizarrón hay un pentagrama musical hecho con tiza blanca sobre fondo negro. Camello debe seguir la varilla marcando las notas que corresponden a cada línea y decirlas en voz alta, pero el brazo de Ildefonso se mueve más rápido que los músculos de su lengua y cuando es do, Camello dice fa; cuando es si, dice re; cuando es la, lo correcto era mi. Todo ocurre en segundos y los ojos de Ildefonso se desorbitan de rabia y lo manda a su asiento con una mueca de desprecio. Camello, que estudió hasta tarde, que hizo ejercicios con sus compañeros en la misma pizarra rato antes, se saca un 2,0. Pero él está en un colegio de hombres y los hombres no sólo no lloran, también, como les dicen, deben cultivar el espíritu y soportar este tipo de cosas porque la vida es dura. Un colegio donde si alguien llora, siempre habrá una mano dispuesta a darle un puñetazo por llorón.
Los días de clases con Ildefonso, el curso sube hasta el tercer piso. Allí está la calurosa sala de música, las cuarenta sillas y el roñoso piano sobre una tarima. A un costado, la pizarra de dos caras. Camello fue el de la idea. En el recreo tomó una tiza y dibujó una pichula gigantesca en el reverso de la pizarra. Tócame esta flautita, puso debajo.
Grillo recuerda el episodio, pero no le causa gracia. Las guerras de baba antes de cada clase, tampoco. No lo olvida. Todos sacuden sus flautas y los restos de saliva vuelan. Babas en el pelo, en los pantalones. El desorden es generalizado. Todos lanzan salivazos y gritan. Nadie advierte que Ildefonso lleva un minuto contemplando el caos en silencio, pero en particular se fija en lo que ocurre en la tarima, a un costado de su piano: Grillo persigue a Tarántula por un chorro que éste le tiró en la mejilla, pero desde lejos Tarántula es la víctima y Grillo es el culpable. Por eso Grillo permanecerá todo el resto de la clase de pie frente a sus compañeros. Ildefonso dirá que es la vedette del curso (en ese tiempo todos entienden que vedette es igual a puta); le preguntará por qué es tan negro y tan cabezón, que de dónde ha sacado un cráneo tan grande para sus once años, que debe echarse una pomada para achicar sus orejas de paila; después le mirará los pies antes de decirle que si acaso vive en una cueva del cerro por sus zapatos llenos de tierra. Finalmente querrá saber cómo crestas llegó a tener un apellido como ése: Grillo.
Ildefonso llama adelante a Tarántula. Le pide que se desquite de su compañero, que no es de hombre eso de arrancar. Exige que le dé una patada en el culo. Ildefonso no dice culo, dice traste, pero la orden está dada. Tarántula sonríe temeroso e intenta negarse, el curso ha comenzado a golpear los pupitres como tambores en la jungla.
Camello y Tarántula ahora se ríen. Ahora. Pero Grillo no. Grillo ha comenzado a recordar en silencio algo terrible y de lo que no ha hablado con nadie: la vez en que su mamá visitó al profesor y le pidió una oportunidad para que su hijo subiera las notas. Ildefonso aceptó volver a tomarle al menos un control. Quedaron para un viernes en la tarde, cuando Ildefonso estuviera con los de primero medio. Grillo llega a la hora y se asoma en la puerta. Ildefonso detiene la clase y pide silencio: anuncia que escucharán a un concertista eximio. Grillo siente un peso en el estómago. Toque, le dice, pero él es incapaz de controlar el temblor de sus manos. ¡Toque, le digo! Pero Grillo no toca. No puede. Su flauta cae al piso y queda bajo la mesa del profesor. Entre las risotadas de los alumnos, Grillo la busca en cuatro patas, desesperado por salir de allí, pero en el momento en que se pone de pie, Ildefonso le susurra que, para la otra, su mamá venga con una faldita más corta. Grillo sale de la sala. Piensa que se va desmayar, que se va a morir ahí mismo.
A la clase siguiente, Ildefonso voltea su pizarra con bisagras y encuentra un nuevo mensaje, ahora escrito con un plumón grueso: Ildefonso, te vamos a matar. Ildefonso llama al inspector; el inspector llama al director del colegio; el director llama a los carabineros, pero los carabineros no llegan, no están para eso.
En esta madrugada de piscolas y sorpresas, Grillo tiene en su cabeza tres ideas: que el rencor es el sentimiento del esclavo; que las cuentas se cobran y se pagan sin importar los años, y, aunque no tenga la razón en lo anterior, está convencido de que éste es el momento para que Ildefonso pague.
Tarántula dice que el viejo no se puede defender.
Grillo contesta que en el colegio él tampoco se podía defender.
En los pocos minutos que los tres llevan frente a Ildefonso, éste no ha avanzado más de cinco pasos, como si necesitara mucha fuerza para seguir su camino. Tarántula propone ayudarlo a sentarse. Camello se niega. Objetivamente, el meado ajeno le da asco. Grillo, en cambio, prefiere acercarse un poco más y llamarlo por su apellido. El viejo mueve la cabeza sin abrir los ojos, como un chivo recién nacido.
Aquí, Ildefonso. Aquí, conchadetumadre. Grillo prende su encendedor. El viejo se acerca hacia la luz y se chamusca algunos cabellos de la frente. Tarántula no se atreve a decir nada, ni siquiera cuando Grillo comienza a recitar la escala musical y el viejo sonríe. No sabe que por cada nota Camello le ha lanzado un escupo en el pecho. Entonces Tarántula dice basta, pero no lo dice muy convencido; de hecho no se opone cuando después Grillo le saca el portadocumentos del bolsillo de la camisa y lo arroja entre unos arbustos cercanos. Ildefonso intenta reaccionar, pero todo lo que sigue es rápido: Grillo siente un peso en las piernas y una picazón en los brazos. Piensa en su mamá que nunca jamás usó faldas cortas, en su hijo de tres años y en su esposa azafata, que por su trabajo a veces sí viste faldas demasiado cortas. Eso pasa por su cabeza antes de darle una fuerte patada sobre su pie de apoyo. Ildefonso cae. El golpe se oye como un melón estrellándose en el asfalto, como un bidón con agua lanzado desde un segundo piso. Ildefonso tiene los ojos abiertos pero no ve nada. Ni siquiera se da cuenta de que ha comenzado a sangrar. Tarántula piensa en una ambulancia y en una canción de System of a Down que dice accidents happens in the dark, pero no sabe a qué viene eso en este momento, cuando al único profesor al que le pidió un favor mientras estuvo en el colegio se lo concedió con agrado. Incluso le deseó suerte con su banda de rock, porque tocar bajo en una banda es complicado y hay que ser muy bueno para notarse. Tarántula ya no tiene su banda, pero se acuerda perfecto de todo eso.
Lo que viene es idea de Camello, pero bien pudo ser de cualquiera. Hay que irse. Dejarlo no más. No hay asambleas. No es la hora ni el momento. De modo que los tres enfilan hacia la esquina y desaparecen. En pocas horas más serán los funerales de Conejo y deben estar allí. Se han propuesto ayudar a trasladar el cajón desde la iglesia hasta la carroza. Irán con la vista fija al frente.
Media hora después, Tarántula llega a su departamento. Son pasadas las cuatro de la madrugada. Su mujer duerme profundamente y el único ruido posible a esa hora lo hace su gato que ha salido a recibirlo con maullidos roncos. Tarántula va a la cocina, toma el paquete con comida, lo lleva hasta la terraza y llena un cuenco. El gato come en silencio y no se entera de que su dueño recoge las llaves sobre el comedor y vuelve a salir.
En la esquina, Tarántula espera un taxi durante diez minutos. No termina de cerrar la puerta y pide que lo lleve a la comisaría, pero una cuadra antes de llegar hace que el auto se detenga, que lo deje hasta acá. Prefiere hacer el resto del trayecto a pie. Tarántula da pasos lentos, como si caminara sobre una alfombra de asfalto caliente y pegajoso. El cabo de guardia que lo recibe en la entrada se cuadra ante él con un enérgico buenos días, pero Tarántula apenas contesta el saludo y pasa directo al baño. Cuando salga, dirá que andaba por allí cerca y que no es bueno aguantarse; luego le preguntará a un cabo por las novedades del turno, por algún cogoteado, por alguna pelea de curados, y le dirán que ha sido una noche tranquila. El cabo le ofrecerá la patrulla para llevarlo hasta su departamento, pero Tarántula prefiere caminar, así estira las piernas, los músculos, los huesos y otras cosas muy buenas para la salud.

Mención honrosa: EL FEO



Por Javiera Herrera Zalaquett*

Raúl Aburto era la persona más fea que yo había visto en mi vida. Cuando lo conocí, tenía catorce años y su cara, llena de espinillas, estaba hinchada por la adolescencia. Yo también tenía catorce años y estaba bastante asustado en mi nuevo colegio. Había cursado la básica en un establecimiento pequeño, con apenas un curso por nivel y menos de veinte alumnos por sala de clases. Era un colegio distinto, de los cuales he escuchado que había, en ese entonces, tres o cuatro en Santiago.
Los estudiantes no usábamos uniforme, llamábamos a nuestros profesores por sus nombres y recibíamos constantes terapias de grupo. La psicóloga del colegio se llamaba Berta y usaba un anillo de piedra en cada dedo. Una vez a la semana, a la hora de consejo de curso, entraba a nuestra sala para realizar una actividad. Entonces corríamos a disponer las sillas en círculo y Berta, tras permitirnos examinar durante un rato sus anillos, nos entregaba las instrucciones necesarias. El ejercicio que más recuerdo consistía en que un compañero abandonaba su lugar para pasar al centro de la sala y golpear, con puños y patadas, una colchoneta que Berta sostenía. Justo antes el alumno, un niño de ocho o nueve años, nos había informado a todos a quién iba imaginarse mientras descargara su ira. Podía ser alguno de sus padres, un hermano o un tío, pero tenía que dar buenas razones para querer pegarle. Por algún motivo, Berta siempre consideraba que los golpes no habían sido suficientes.
Otra actividad que realizábamos con frecuencia era criticarnos. También en círculo íbamos, uno a uno, indicándole a algún compañero que había incurrido en un comportamiento inapropiado. Ahora pienso que poner en evidencia a otro no era algo que nos resultara muy cómodo, porque el aseo dental era el tema más recurrente. Como teníamos la obligación de lavarnos los dientes diez veces para arriba y diez para abajo, era común que nos acusáramos de haber suprimido alguno de los cepillados. Lo más difícil era la autocrítica. Aun cuando hubiésemos tenido una semana especialmente recta, siempre teníamos que encontrar algún pecado que confesarle a los demás. Más aún, de vez en cuando teníamos que recrear una pataleta. Esto era especialmente arduo. A Berta siempre le parecía que habíamos elegido el episodio menos comprometedor y nos instaba a buscar en nuestras conciencias, un arranque más embarazoso.
Éramos como cualquier comunidad. Nuestras reglas eran distintas pero estaban claras. Lo que más nos gustaba hacer en verano era manguerearnos y, como el cuerpo no tenía nada de malo, todos debíamos estar desnudos. El niño más gordo del curso se negaba a quitarse el calzoncillo y era objeto del repudio general. Jugar al perro judío estaba estrictamente prohibido, igual que hacer remolinos en el taca-taca. Los hombres y las mujeres teníamos idénticos derechos. Todos podíamos pasearnos con el torso desnudo si nos daba calor. Una compañera me contó, años después, que mantenía constantes discusiones con su mamá cuando la iba a buscar al colegio. Ella quería ir por la calle sin polera y consideraba absolutamente incomprensible que su madre se lo impidiera.
Sin duda, el mejor lugar del colegio era el pozo de arena. Vivíamos revolcándonos en la tierra, haciendo castillos y tirándonos bolas de barro sin que nadie nos dijera nada. También veíamos muchas películas. En segundo vimos “Cien niños esperando un tren”, en tercero “The Wall” y, en cuarto, “Hombre mirando al sudeste”. Esta cinta me resultó especialmente difícil. No me parecía posible que un hombre que se había comportado toda la película como un ser humano tuviese, de pronto, la sangre azul. La profesora me explicó que era un símbolo, pero yo no estaba seguro de lo que un símbolo podía significar.
Hasta que llegaron los noventa. En realidad para mí las cosas no cambiaron demasiado, pero mis padres consideraron que ya había sido suficiente: el mundo había dejado de ser un lugar hostil, y yo tenía la obligación de vivir en él. Eligieron el colegio más grande y más heterogéneo que pudieron encontrar e hicieron malabares para que me asignaran un cupo. Fue la primera vez que me puse uniforme.
En mi nuevo colegio nadie escuchaba Silvio Rodríguez. A los hombres les gustaba Metálica y a las mujeres, Luís Miguel. A mí me habían enseñado que las canciones que decían mucho la-la-la eran tontas. Como el compositor no tenía nada que comunicar, disimulaba su ignorancia a través de estos sonidos. Escuchar canciones en inglés era ilógico porque no las entendíamos, y todo lo que viniese de EEUU era simplemente perverso.
Durante las dos primeras semanas sólo hablé con Raúl Aburto. Cuando uno llega a un lugar donde no conoce a nadie, el único que te presta atención es el que te necesita. En realidad Aburto no era especialmente tonto, tampoco era inteligente, no era ni gracioso ni demasiado aburrido. Pero era feo, más feo que nadie que yo hubiese visto. Tenía los ojos juntos e inclinados hacia abajo. Una nariz ganchuda y grande, y unos dientes tan adelantados que le impedían juntar los labios. Para colmo Aburto usaba frenillos. Pero no metálicos como los de la mayoría, sino blancos. Esta absurda innovación hacía que sus dientes parecieran aún más prominentes de lo que ya eran, y, como si esto no fuera suficiente, su mentón estaba tan pegado al cuello que, a pesar de ser delgado, parecía como si tuviese papada.
Supongo que Aburto disfrutó mi compañía como siguió disfrutando la compañía de cada nuevo integrante que llegó al curso. Era como si supiera que estas relaciones sólo iban a durar el tiempo que tardara el nuevo en establecer relaciones con los demás. Entonces Aburto, con resignada obediencia, lo dejaba ir y ya nunca volvía a dirigirle la palabra. Así fue conmigo, en cuanto comencé a conversar con otras personas, Aburto dejó de hablarme. No era hostilidad, ni siquiera reproche, era simplemente sentido común.
Mis compañeros no eran especialmente violentos con Aburto. Por supuesto algunas veces se burlaban de él, pero en general lo dejaban vivir tranquilo. Yo creo que el problema, más que su rostro, era la conciencia que tenía Aburto de ser feo. De no haberse sentido tan distinto, quizás él y los demás se hubiesen esforzado por pretender que no lo era. Pero Aburto sabía, y en esto no puedo menos que darle la razón, que nunca iba a dejar de ser el tipo más feo que cualquiera hubiese visto.
A las tres semanas yo estaba perfectamente integrado. No me costó mucho trabajo aprender los códigos de mis compañeros e imitarlos, así como tampoco seleccionar los temas de conversación que teníamos en común y olvidarme de los otros. No porque fueran a discriminarme, sino simplemente porque ellos habían estado siempre en un colegio normal y había cosas que no podían comprender.
Durante el primer año tuve muchos profesores particulares, pero me nivelé rápido y al año siguiente ya era capaz de sacar buenas notas. Seguí viendo a mis antiguos compañeros durante un tiempo pero después los olvidé. Ellos también me olvidaron a mí. En realidad me sentía tan extraño entre mis nuevos amigos como me sentía entre los antiguos, pero con los nuevos tenía que convivir y eso hacía que todo fuera más fácil. También seguí frecuentándolos cuando terminamos el colegio, pero al cabo de un tiempo nos dejamos de ver.
En realidad mis amigos siempre han sido las personas con las que tengo que convivir. Por alguna razón nunca encuentro un motivo para seguir viéndolos una vez que nada me obliga a ello. Pero como uno siempre está rodeado de gente, es relativamente sencillo trabar amistad. Sólo durante un tiempo me sentí solo. Había terminado la universidad y mientras conseguía insertarme laboralmente me hice cargo del bar de mi padre. Mi novia se había ido a estudiar a EEUU y yo no hacía otra cosa que trabajar. Entonces apareció Aburto. Se había cambiado cerca del bar y, según me explicó, tenía la costumbre de tomar una cerveza antes de volver a su casa.
Siguió viniendo todas las noches. Nunca bebió más de una botella ni se quedó un minuto después de terminarla. Al principio yo estaba incómodo, no quería sentarme con él y me disculpaba aduciendo trabajo. Hasta que empezaron las lluvias. El peor día para un bar es el primer día de lluvia. Eran las siete de la tarde y todavía no entraba nadie. A las siete y media llegó Aburto y se sentó donde siempre. Yo no tenía cómo justificar mi presencia detrás de la barra, así que leí la papeleta que me trajo el mozo, le dije que podía irse a su casa y saqué dos cervezas del refrigerador.
Aburto me miró sorprendido, pero sonrió. Puse las botellas en la mesa y me senté. Mi antiguo compañero hablaba poco, pero ponía mucha atención en todo lo que uno le decía. Ese día, como siempre, se fue a penas terminó su cerveza, pero de ahí en adelante siempre lo acompañé. Creo que le conté mi vida entera y sólo llegué saber de él, que trabajaba en el Servicio de Impuestos Internos y vivía solo en un departamento cerca del bar. Era un hombre tranquilo que nunca se quejaba, supongo que porque no esperaba nada distinto de lo que le sucedía.
A principios de diciembre Carolina regresó. No acostumbraba ir al bar, pero una noche andaba por ahí y entró. Yo estaba con Aburto y la vi por el espejo. Nunca me había parecido tan hermosa. Volví a posar los ojos en Raúl para decirle que había llegado mi novia y, cuando la miré de nuevo, supe que quería casarme con ella. Se sentó con nosotros y estuvimos conversando hasta que Aburto dijo que tenía que irse. Le pregunté si no quería tomar otra cosa, pero me dijo que estaba cansado. No se por qué lo acompañé a la salida, supongo que intuí que nunca más iba a volver al bar.

*Bajo el pseudónimo de Ramiro Quezada, Javiera Herrera Zalaquett, de Providencia, Santiago, mandó este cuento que se hizo acreedor de una de las tres menciones honrosas contempladas en el concurso de cuentos Bajo el Volcán, convocado por The Clinic y el bar Liguria.

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